“Los personajes que pinto son hijos de esta realidad”. Entrevista a Starsky Brines / @GrisArvelaez

Publicado el 2.06.2014 para la Revista Habitat Plus, Caracas-Venezuela.

Starskey

Como todos, Starsky Brines -caraqueño nacido en 1977-, viene marcado por los recuerdos de su infancia pero, como pocos, ha logrado plasmarla en un arte particular. Vivió los primeros años de su vida en Caracas, en Lomas de Urdaneta y, más adelante, pero aun siendo bebé, su familia marchó a Maturín en donde –confiesa- “pasé toda mi infancia rodeado de una gran naturaleza y de animales de corral, teniendo una niñez digna de cuento, pasando mis días bien metido en el monte, entre las muñecas y vestidos que mi mamá hacía para vender.” Tiempo después ese adolescente regresó a Caracas, al lado de su familia, para asentarse en San Martín. Una época que asocia con un proceso de quiebre, en la que parte de la tarea consistió en asirse de discursos creados a partir de las incertidumbres y del desarraigado que había vivido tras el cambio. “Llegar a la zona de San Martín, llena de dinamismo, de caos y violencia, ocasionó un quiebre importante que agradezco muchísimo, me proporcionó el imaginario necesario para construir mis imágenes”, comenta este artista formado como Licenciado en Artes Plásticas, mención Pintura, por la Unearte, ahora conocida como Iuesapar.

Su obra se clava en nuestras mentes desde la mella que genera: a través de ella podemos conectarnos con elementos de nuestra contemporaneidad, sobre todo los asociados con la cultura pop y los medios de masas, asumiendo una postura crítica en la que la ironía y los discursos de violencia permutan constantemente. De fuerte carga colorista y de pinceladas dinámicas, la propuesta plástica de Starsky se mueve entre intervenciones a fotografías, óleos sobre tela, pinturas industriales sobre telas, instalaciones que entablan diálogos de objetos insólitos entre sí, marcas acuñadas. Todo este conjunto avisora el caos, la violencia y alude al abigarramiento de imágenes que nos antecede como herederos de lo posmoderno. En esta dinámica no casual, la pincelada acude plagada de dinamismo, de fluidez y velocidad; la mayor de las veces esas pinceladas se sienten crudas. En ese arte se presiente el fulgor de lo que nos narró antes sobre sus vivencias de infancia y adolescencia, pero no convoca a una estética autorreferencial, sino, por el contrario, alude a una signada, en gran medida, de lo contextual.

—En tu obra residen diversos elementos que establecen juegos entre la ironía y  el humor y, además, desembocan -casi siempre- en violencia. ¿Cómo surge en ti ese diálogo, o esos discursos?

—El absurdo y la ironía es parte de nuestra cotidianidad, es más, tenemos exceso de ello, y quizás el exceso la ha vuelto negativa, invisible e intrascendente para muchos, o está tan legitimado que ya nos da igual. Por otro lado, los latinoamericanos hemos sido conscientes de esta particularidad, por lo que tenemos en nuestra historia el realismo-mágico, que más allá de su significación histórica, forma parte de nuestra cultura e identidad: para bien y para mal, tenemos una admiración y empatía con lo inverosímil, lo absurdo e irónico. Yo me uno a ese sentir, me gusta pensar que somos una sociedad con una carga mágica, alocada, con humor, donde lo imposible florece, a veces con trágicas consecuencias y con mucho pesar. Vivir en esta suerte de relato del absurdo tiene que mover las neuronas, tiene que exigir respuestas en todos los ordenes. Creo que nuestra magia tiene un color particular, su tono distintivo que la hace única, la hace caribeña. Lo que pretendo es una traducción de lo observado, trasladando la vivencia y también lo reconstruido y hacerlo imágenes, imágenes cercanas que, como dices, podrían desembocar en violencia, quizás nuestra violenta realidad refuerza esa idea. En algunos casos he asumido la violencia porque lo he creído necesario como ciudadano y como artista, sin embargo, el mundo contemporáneo está repleto de imágenes violentas, no solo nuestras calles, digo esto porque es un asunto que se desborda, entonces es un tema de la cultura contemporánea, que tiende a bombardear con tantas imágenes que terminan siendo inútiles en el sentido de la comunicación, donde es imposible fijar o identificar ninguna singularidad. Los bordes difusos de nuestra ya difusa sociedad crean relatos absurdos en el imaginario colectivo, y esa es la materia esencial de la que me valgo para retratar con humor lo que veo y pienso.

—Tu propuesta plástica me remite a la “sociedad líquida”, a lo pasajero, fugaz pero no por eso irrelevante, de nuestra cultura globalizada. ¿Se permite esa lectura?

Todos formamos parte de esa “sociedad líquida”, querámoslo o no, en buena medida somos parte de una sociedad superficial e inestable, floja, adormecida y en tránsito y no precisamente “en vías de desarrollo”, como nos hicieron creer en la escuela, reafirmándonos la desilusión. Somos una cultura llena de huecos y de vacíos pero, a pesar de ello y de una lectura apocalíptica, nos salva defender nuestra singularidad, nuestros pequeños relatos que conforman parte de uno mayor. Creo en lo enigmático de la obra y de la vida, sin dejar de aceptar lo pasajero instaurado en nuestra cultura, cosa que no podemos obviar. Toda esta hiperrealidad que nos abruma también ofrece la posibilidad extraordinaria de la comunicación personal y coincidir con personas al otro lado del mundo que compartan intereses comunes. Lo importante es ser conscientes del gran momento que estamos viviendo. Los personajes que pinto son hijos de esta realidad: la propia acción poética de pintar y construir relatos traduce esa contaminación de la que todos somos víctimas. Existen artistas y obras que siguen hablando de lo humano, de lo particular y singular dentro de los discursos actuales, y que apuestan por un sentido crítico, buscan dentro de las prácticas contemporáneas cómo traducir lo que los circunda, a pesar de toda la permisividad y promiscuidad existentes, nos brindan momentos de contemplación y de develación de un sentido transcendente de la vida, sin negar esta líquida sociedad.

—¿Qué fuerza toma en tu obra la intervención de imágenes preconcebidas? ¿Las apropias? ¿Deconstruyes?

He echado mano ha ambas cosas, entendiendo que mis motivaciones son mucho más intuitivas que la necesidad de deconstruir o apropiarme de una imagen en particular. Me mueve la imagen que me seduce, pero sucede que en algunos casos es una imagen icónica, entonces podríamos hablar de apropiación. Pero la verdad es que la motivación viene por otro lado, uno más cercano a la necesidad caprichosa de pintarla, de rayarla en primera instancia y de la seducción que comenté, en el sentido de la negación, no por el simple hecho de negar la imagen -que podría ser-, sino por la necesidad de expandir el sentido de las formas, introduciendo códigos arquetipales (en algunos casos) que la enriquecen, creando lecturas más amplias y polisémicas. Al tener la imagen que es el primer momento, me vienen varias interrogantes y, en ese sentido, disfruto del juego obseso por la manipulación de la imagen y tener pequeños descubrimientos personales que anclo a mi idea de memoria.

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