La exposición como “máquina de guerra” para un mundo andrógino

¿Por qué hablo de la exposición como máquina de guerra? Porque esta me permite entablarla para exhibir mundos andróginos. Penes y vaginas han sido habituales de ver en obras de artes y en las salas culturales, pero allí no radica lo esencial pues la necesidad de continuar los análisis del arte desde los visores de género se hace inminente en Venezuela, tomando en cuenta que la cultura visual global los está abordando con fuerza y que nuestros artífices locales están atesorando una producción amplia en contenidos que denuncian diversas problemáticas evidentes en nuestras sociedades occidentales, patriarcales y heteronormativas.

Las curadurías locales hace un tiempo emprendieron estos caminos, huelga citar las que hiciera Carmen Hernández para el Celarg o la exposición Desde el Cuerpo que tuvo lugar en el Museo de Bellas Artes en 1998, solo por mencionar ejemplos. Pero hoy la apertura no es tan numerosa o proporcional con lo que los artistas están haciendo. El llamado se extiende a museos, galerías y centros culturales a la apertura pues hoy resulta escasa la existencia de montajes que incluyan discursos sobre la teoría queer, que sean realmente reflexivos y que no caigan en el clásico binarismo “ideal normativo”, de lo masculino y femenino.

La propuesta es a que continuemos cambiando esto a través de las exposiciones de arte, con las que me comprometo con proyección a 2020. La intención es invitarlos a que participemos en la apertura visual y discursiva desde estos tópicos. Pues evidenciar a la sexualidad como categoría de análisis permite desmontar la heteronormatividad como única posibilidad y se potencializa cuando tomamos en cuenta que esta es un discurso de poder y es performativa; es decir, que está preanunciada ya que desde antes que nazcamos se nos generiza con los enunciados “es una niña” o “es un niño”. En este sentido, la sexualidad se ritualiza diciéndonos qué es lo “normal” y qué es lo “anormal” a través de las instituciones de poder.

Por esto y porque ya no podemos seguir viendo a la sexualidad atada solo a una función reproductora, atajar este análisis representa lograr espejos desde donde mirar la subversión de los géneros, la capacidad cambiante de los cuerpos sexuados y evidenciar desde diversos campos analíticos –en nuestro caso, desde el arte visual venezolano-, a los cuerpos no-normativos, es decir los transgéneros, las sexualidades queer e, incluso, a los masturbadores solitarios, a la mujer deseante y a los cuerpos prostituidos. Todos estos tomados como cuerpos abyectos. Si nos percatamos que cada vez transitamos un mundo andrógino podemos ser capaces de visibilizar a los cuerpos abyectos.

A partir de los noventa, los debates con enfoques de género irrumpieron con la visibilización de la situación de los cuerpos abyectos mencionados agregando a los portadores de HIV-Sida delineándose un arte que operaba cuestionador sobre las estructuras de sexo-género-deseo normativizadas. Y, paulatinamente, los discursos visuales han devenido interesados y modificados gracias al contexto particular que vivimos en América Latina. Comúnmente han empleado discursos simbólicos que, sin dejar de ser explícitos, han dado cuenta de las distintas formas de la sexualidades no-normativas como, por ejemplo, la desmitificación del binarismo masculino/femenino para interrogar por qué han existido determinadas prácticas naturalizadas prestigiando a unas por sobre otras. Como lo ven en pantalla con los trabajos de Francisco Bassim, Gala Garrido, Argelia Bravo, Deborah Castillo y otros que han visto y verán.

Estas propuestas artísticas desafían las estructuras normativas que han hecho del placer no-heteronormativo algo periférico, inexistente, un tabú. Por ejemplo, en México, en 1982, Maris Bustamante presentó ante el Museo de Arte Moderno (MAM) la pieza El pene como instrumento de trabajo como afrenta a los postulados de Sigmund Freud y su teoría de la envidia del pene, dándole una trastocada contestataria para derrumbar su naturaleza patriarcal y machista. Entonces si pensamos exposiciones como máquinas de guerras discursivas podemos también operar en un campo que visibilice tal abyección, acción que determinará una heteronormatividad caducada. 

Conforme han pasado los años, el arte en nuestro continente se ha ido despidiendo de las búsquedas incesantes de lo bello para cuestionar estructuras contemporáneas desde múltiples categorías, entre ellas lo feo y lo extraño, sin que esto nos genere mayor espanto: importaría más el concepto, la idea, la desfragmentación, la transgresión. Y esto, hasta hace poco, contaba con poca bienvenida. Un ejemplo lo constituye el Simón Bolívar travestido que el chileno Juan Dávila hiciera en 1994. En esta obra postal lo retrató mestizo, con sus labios pintados, portando una capa estampada de uniforme militar a través del cual se asomaban unos ligeros senos. La pieza fue censurada. Pero esta imagen opera para entablar infinitas disertaciones teóricas e históricas respecto a los estereotipos del héroe desmitificado en su masculinidad; el arte latinoamericano estaba evidenciando la desestabilización desde los géneros.

Entonces pues ¿por qué se plantea una exposición como máquina de guerra? Siguiendo el concepto de George Didi-Huberman estaríamos brindándole al espectador material para que piense, a través del discurso visual, la diversidad sexual y de género de su propio entorno a sabiendas de que ya no prima la heteronormatividad, sino que cada vez entramos con mayor ahínco en un mundo más andrógino.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Me gustó mucho el artículo, pero sería genial que tuviera un botón pra compartir. Saludos.

    1. Gracias. Buena sugerencia. Luego veo cómo se hace eso. Saludos.

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